DIA: 29-03-95.-
J. Debes tener esperanza siempre. Esperanza en "Mi salvación" porque te amo. No debes buscar más allá de Mí, tu Creador, tu Salvador. No me tengas miedo, acércate a Mí cada día con plena confianza. Esta labor que te impongo está hecha a la medida de tu pequeñez. Entonces tu certeza soy Yo. ¿Comprendes cuánto te amo, pequeña? Te diré Mi Amor todos los días de tu vida.
¿No son Mis palabras, palabras de Vida? Son tu savia y lo serán para muchos otros. Deja que Yo te ame y comprende cuando te pido que te dejes amar por Mí. El mundo está muy convulsionado y nadie tiene tiempo para Mí. El tiempo que pido solamente para derramar Mi Amor, el que queda siempre a un costado despreciado por la mayoría.
Este mundo que ha salido de Mis manos, ya casi no se acuerda de su Creador y de que Él espera el amor de Sus criaturas. Pero tú hija debes ir contra la corriente. El Amor que Yo te puedo dar no lo vas a encontrar en otra parte. Sólo en Mí. Tu vida debe ser un acto de amor hacia Mí.
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Extracto Del libro de Mons. Fausto Rossi, “todavía en el Getsemaní, Él busca el amor” 1986
El gran sacrificio que Dios, en la persona de Jesús, hizo por la humanidad.
Descripción que hace el Dr. Jean Barbet, médico cirujano y estudioso de la Sábana Santa, del sufrimiento que Jesús debió haber vivido, camino al Calvario.
Jesús, entrando en agonía en el Getsemaní – escribe el evangelista Lucas – oraba cada vez más intensamente.
Comenzó a sudar “como gotas de sangre” que caían hasta la tierra. El sudar sangre o hematidrosis, es un fenómeno rarísimo que se produce en condiciones excepcionales. Para provocarlo se requiere un estado de postración física, acompañada de una violenta sacudida moral a causa de una profunda emoción o un gran miedo.
Tal tensión extrema produce la ruptura de las finísimas venas capilares que están por debajo de las glándulas sudoríparas y la sangre se mezcla con el sudor que brota y se acumula sobre la piel. Esto deja la piel del que lo padece sumamente sensible, el más leve roce arranca agudos dolores. Es como si la llaga estuviera por debajo de la piel.
Es el terror, el espanto, la angustia terrible de sentirse cargado de todos los pecados de los hombres lo que deben haber golpeado a Jesús.
Los soldados despojan a Jesús de sus vestiduras adheridas a la piel por el sudor de sangre, y sin ningún miramiento lo atan por las muñecas a una columna en el atrio del palacio de la Torre Antonia. Para la flagelación se utilizan los “flagelum”, que son látigos de varias tiras de cuero a cuyo extremo se amarraban dos bolitas de plomo o unos huesecillos que arrancan la piel a cada golpe.
Las marcas en la Sábana de Turín son incontables; la mayor parte de los latigazos está sobre la espalda, sobre la columna y sobre la región lumbar, aunque también hay sobre el pecho. Los verdugos para las flagelaciones solían ser dos, uno de cada lado, y por los vestigios de la Sábana Santa es posible advertir que uno de ellos fue más cruel que el otro, golpeando en el mismo sitio. Ellos golpearon sin piedad aquella piel ya alterada por millones de microscópicas hemorragias del sudor de sangre. Si no estuviera amarrado muy en lo alto por los puños, hubiera caído desmayado en un charco de su sangre.
Los soldados tejen una especie de casco, como un nido de pájaros hecho de espinas y se lo ponen en la cabeza. Las espinas se entierran en el cuero cabelludo y lo hacen sangrar. La Sábana revela además que un fuerte golpe de pastón, dado oblicuamente, dejó sobre la mejilla de Jesús, una horrible herida contusa; la nariz se deformó por una fractura del cartílago.
Sobre el Calvario se ha iniciado la crucifixión. Los verdugos desnudan al condenado, pero su túnica se ha metido en las heridas y quitarla es atroz. Es inexplicable que ese dolor no le provocase un síncope.
La sangre vuelve a brotar; Jesús es tendido de espaldas sobre la tierra. Sus heridas se llenan de polvo y arenilla. Lo extienden sobre el brazo horizontal de la cruz. Los verdugos toman las medidas. Hacen un giro con una especie de taladro en el leño para facilitar la penetración de los clavos.
El verdugo toma un clavo (largo y cuadrado de unos 15-22 cm). Lo apoya sobre la muñeca de Jesús, con un golpe seco del martillo lo hunde y lo clava fijamente sobre el leño: ¡horrible suplicio! Comúnmente provoca un síncope, al menos hace perder la conciencia. En Jesús no sucedió.
Con cada sacudida y cada movimiento, vibrará reavivando los dolores más terribles. Un suplicio que durará tres horas.
La espalda de la víctima se ha frotado dolorosamente sobre el leño rugoso. Las puntas cortantes de la gran corona de espinas han lacerado el cráneo. La cabeza de Jesús debió estar inclinada hacia delante, dado que el casco de espinas le impedía apoyarse en el leño. Cada vez que el condenado levanta la cabeza, reinician los piquetes agudísimos.
Es mediodía. Jesús tiene sed. No ha bebido desde la tarde precedente. Los ligamentos se tensan, el rostro es una máscara de sangre. La boca está semiabierta y el labio inferior comienza a colgar. La garganta seca, le raspa, pero Él no puede deglutir. Tiene sed. Un soldado le tiende, sobre la punta de la caña, una esponja llena de bebida agridulce, de uso entre los militares. Todo aquello es una tortura atroz.
Los músculos de los brazos se ponen rígidos en una contracción que va acentuándose: los músculos deltoides, los bíceps, están tensos e hinchados, los dedos se encorvan. Se trata de un enfermo herido repentinamente de tétanos. Jesús respira con un ápice de los pulmones. Tiene sed de aire: como un asmático en plena crisis, su rostro pálido poco a poco se pone rojo, después se decolora en el violento púrpura y al final verdusco.
Con un esfuerzo sobrehumano, Jesús ha encontrado un punto de apoyo sobre el clavo de los pies. Haciendo fuerza, y con pequeños empujoncitos, se impulsa aligerando la tracción de los brazos. Los músculos del tórax se distensionan. La respiración se hace más amplia y profunda, los pulmones se vacían y el rostro recupera el pálido primitivo.
¿Para qué este esfuerzo? Porque Jesús quiere hablar: “Padre, perdónales, no saben lo que hacen “. Después de un instante el cuerpo vuelve a aflojarse y la asfixia vuelve. Fueron registradas siete frases pronunciadas por Él en la cruz. Cada vez que quiere hablar, deberá elevarse manteniéndose recto sobre los clavos de los pies; ¡inimaginable el sufrimiento!
Nubes de gruesas moscas, verdes y azules, zumban alrededor de su cuerpo; se le acercan al rostro, pero Él no puede espantarlas.
Todos los dolores, la sed, los calambres, la asfixia, las vibraciones de los nervios medianos, lo hacen soltar un lamento “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”. A los pies de la cruz estaba la Madre de Jesús. ¿Pueden imaginar el dolor qué Ella probó?
Jesús grita: “¡Todo está cumplido!”
Después, con una gran voz dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”.
Y muere”

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